ASOCIACIÓN CAMINOS DE ARTE RUPESTRE PREHISTÓRICO
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ARTE RUPESTRE EN EUROPA

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El Arte Rupestre de los cazadores-recolectores

El arte rupestre del Paleolítico es el que realizan las bandas de cazadores-recolectores desde hace poco más de 33.000 años hasta hace 10.000 años, a finales del Pleistoceno, durante el Paleolítico Superior.

Se trata de una creación indiscutiblemente unida al Homo sapiens, el hombre anatómicamente moderno, el mismo tipo humano al que pertenece toda la población contemporánea.

Desde su descubrimiento en 1879 -Altamira fue el primer hallazgo-, hasta hace pocos años, se planteaba que el arte rupestre había surgido en Europa occidental y que aquí, casi exclusivamente en España y Francia, se había desarrollado desde su origen hasta el fin del periodo glacial. Sin embargo, algunos hallazgos recientes en África, la India, Australia o los Montes Urales permiten cuestionar su origen, o cuestionar que éste sea único, y en todo caso, nos informan de la temprana difusión de la creación artística rupestre unida a la presencia del hombre actual. Puede concluirse que hubo arte rupestre paleolítico allí donde vivieron los primeros grupos humanos sapiens, con independencia de que se haya conservado hasta nuestros días o de que haya sido descubierto.

No obstante, la mayor concentración de lugares con arte rupestre paleolítico se da en Europa occidental. Su distribución es la siguiente:
  • España: 145 lugares, tres de ellos al aire libre (112 cavidades en la Región Cantábrica).
  • Francia: 160 lugares, incluyendo varios abrigos y un lugar al aire libre.
  • Italia: 6 cuevas.
  • Portugal: 1 cueva y 2 áreas al aire libre.
  • Rusia: 3 cuevas.
A esta lista habría que añadir la presencia singular en Yugoslavia, Rumania y Alemania.

Esta desigual distribución puede obedecer a distintas causas y, en buena parte, reflejan circunstancias no arqueológicas:
  • La distinta densidad demográfica actual ha influido en la detección de los enclaves más occidentales, y quizá explique que en las regiones más orientales (caso de Siberia), lo que falten sean investigaciones y no arte.
  • Los suelos kársticos (con los que se relaciona la existencia de cuevas) tienen una distribución desigual que ha permitido la perduración preferente del arte paleolítico allí donde hay cuevas.
Estas circunstancias quizá expliquen la rareza de este arte en las vastas regiones despobladas de Rusia y en el centro y oriente de Europa, o el desigual reparto dentro de la Península Ibérica y Francia. Pese a esto, la pintura rupestre sigue apareciendo abrumadoramente en la zona occidental europea, frente a la mayor dispersión espacial del arte mueble (pequeñas esculturas sobre hueso, asta, marfil y arcilla, o grabados sobre huesos y piedras), presente también en amplias regiones de Centroeuropa, Rusia occidental y lago Baikal.

Por otra parte, y hasta hace pocos años, se creía que se trataba de un arte confinado al ámbito de las cuevas y de los abrigos rocosos, pero el descubrimiento reciente de grandes enclaves al aire libre en Europa, 4 de ellos con centenares de grabados, ha obligado a modificar tal impresión.

A escala regional, el arte rupestre parece concentrarse en determinadas cuencas fluviales: ríos Vézeré, Lot, Ariége y Ardéche, en Francia; río Coa en Portugal; y en las pequeñas cuencas de la Cornisa Cantábrica. Quedarían fuera de un marco fluvial concreto lo que hoy parecen presencias aisladas, o muy dispersas en amplios y difusos territorios: Andalucía con 14 lugares, Submeseta norte, Levante (los tres en España), o Sicilia y el sur de Italia.


De cazadores a campesinos, el arte rupestre del Neolítico

La extensión de la agricultura y la ganadería por el continente europeo y los importantes cambios tecnológicos, sociales, culturales, y seguramente religiosos, que trajo aparejados la denominada “revolución” neolítica, supuso un formidable cambio en la mentalidad de los grupos humanos y en las formas de expresión artística.

El arte rupestre, hasta ese momento ligado a las actividades de las sociedades nómadas, cazadoras y recolectoras, del Pleistoceno, se transmutó en apenas mil años, para dar servicio a una nueva sociedad que se sedentarizaba y modificaba su hábitos milenarios, a comienzos del Holoceno.

Si bien desde un punto de vista técnico el arte no registra cambios significativos, sí que se modifican los patrones de ejecución, los lugares en los que se plasma el arte, los temas, y en último término, los estilos artísticos y las motivaciones. El arte rupestre también se “populariza”; en lugar de algunas pocas decenas de cuevas o enclaves al aire libre, aparecen ahora centenares de abrigos decorados con infinidad de figuras de menor formato, que representan una nueva realidad social y cultural. La figura humana, aparentemente un tabú para los grupos paleolíticos, toma ahora un protagonismo absoluto.

La fauna representada es la que se consume (cabra, ciervo, jabalí y bóvidos), y la representación de escenas de recolección y de danzas rituales, algo inédito en el arte paleolítico, se convierte en habitual. También aparecen, por primera vez, escenas de guerreros, incluso de combate entre grupos humanos.

Las regiones en las que el arte Levantino, el gran arte del Neolítico del Sudoeste de Europa, se desarrolla con profusión, no coinciden con precisión con las áreas con mayor densidad de sitios rupestres del Paleolítico. Así, el protagonismo regional se desplaza ahora de la región franco-cantábrica, hacia las áreas mediterráneas peninsulares. En esta zona se conocen centenares de abrigos decorados, desde Cataluña, hasta Andalucía oriental, incluyendo amplias zonas interiores como el valle del Ebro.


El arte de las primeras sociedades metalúrgicas

Desde finales del Neolítico, y durante los milenios en los que se desarrollan las Edades del Cobre y el Bronce, el arte rupestre va a conocer un desarrollo y una extensión geográfica que supera con mucho lo conocido hasta ese momento, desarrollándose desde Escandinavia hasta el extremo meridional de las penínsulas mediterráneas del sur de Europa, incluyendo las islas británicas.

El arte conoce un proceso de esquematización que acaba con el naturalismo secular del arte rupestre precedente. El arte “Esquemático”, quizás el primer estilo universal de la cultura humana, supone un enorme cambio de mentalidad en las comunidades humanas, ya constituidas en jefaturas y organizadas en torno a poblados (fortificados en muchos casos), que cabe ser interpretado en función de un formidable cambio socio-cultural derivado de la consolidación de las nuevas formas de vida y subsistencia iniciadas en el Neolítico.

En esta etapa, el arte rupestre se extiende uniformemente por todo el territorio, apareciendo con profusión por casi todas las regiones de Europa (también del resto del mundo). Petroglifos al aire libre, abrigos pintados, rocas grabadas y pintadas, un sinfín de estaciones rupestres, en los que se denota una alta uniformidad estilística y temática, decoran todas las comarcas, en ocasiones a modo de santuarios, a veces como simples puntos de innegable significación territorial.

Es el último arte prehistórico de Europa; poco después, las civilizaciones mediterráneas alcanzarán un desarrollo socio-cultural tan elevado que el milenario arte de las rocas dejará de tener una función, un uso, siendo sustituido por nuevas formas artísticas, más evolucionadas y sofisticadas.


EL PRIMER ARTE DE LA HUMANIDAD EN EUROPA

El arte, como expresión del pensamiento simbólico del hombre, es un hecho propio de nuestra especie, el Homo sapiens.

Si bien es cierto que los homínidos europeos anteriores, Homo heidelbergensis y Homo neanderthalensis, habían desarrollado algunas torpes y muy limitadas expresiones que, en un sentido muy laxo, pudieran considerarse “arte” (esencialmente algunos grabados lineales -en modo alguno figurativos-sobre huesos y piedras), será el hombre moderno quien realmente plasme sus pensamientos, sus creencias, mediante técnicas (pintura, grabado, modelado…), que podemos considerar como “artísticas”, además de ser capaz de realizar representaciones plenamente naturalistas inspiradas, como no podía ser de otro modo, en los elementos de la naturaleza entorno a los cuales giraba su existencia, los vegetales y, principalmente, los animales.

Hace algo más de 35.000 años arribaron a Europa occidental los primeros hombres anatómicamente modernos. Poco tiempo después, los neandertales habían desaparecido del territorio y los “cromañones” (nombre con el que se conoce a los primeros humanos modernos en Europa) eran los únicos habitantes humanos del continente, y de casi todo el mundo (el “hombre de Flores”, recientemente descubierto, supondría la excepción).

En el centro y oriente de Europa, así como en algunas cuevas del sur de Francia, se han recuperado las primeras obras de arte conocidas, generalmente realizadas sobre bloques y plaquetas de piedra, huesos, marfil de mamut y astas de animales. A las bellas esculturas de bulto redondo y pequeño tamaño del Auriñaciense antiguo (entre 35.000 y 40.000 años antes de la actualidad), seguirán representaciones no figurativas (generalmente trazos grabados), figuraciones sumarias de vulvas y partes anatómicas de animales (como líneas cérvico-dorsales y cabezas de animales, como caballos o cérvidos) y algunos esbozos interpretados como los primeros signos, documentados en abrigos y cuevas de Francia.

En esa misma época, aparecen también los primeros colgantes estandarizados, sobre dientes de herbívoros y conchas marinas que nos informan de que, además de realizar grabados, el hombre ya gustaba de adornarse con elementos que podemos considerar como la “primera bisutería” conocida.

De manera lenta, casi tímida, los grupos humanos de los inicios del Paleolítico Superior van a comenzar a plasmar sobre soportes móviles y las paredes de las cavidades sus primeras representaciones artísticas.

En lo estrictamente referido al arte rupestre, conocemos de estas primeras fases algunos conjuntos en la zona Franco-Pirenaica de notable importancia. Puntos y discos (generalmente rojos), algunas representaciones parciales de animales (muy sumarias), tanto pintadas como grabadas, paneles con líneas fusiformes, y las primeras manos en negativo (de color rojo), constituyen el grueso de estas representaciones.

No obstante, aparecen ya los primeros santuarios complejos en los cuales se plasma toda la maestría que, posteriormente, será común a todas las zonas habitadas del continente. Cuevas como Chauvet o, algo más al norte, Arcy-sur-Cure, en las cuales se plasman prácticamente todos los recursos técnicos y estilísticos característicos del arte paleolítico, resultan sorprendentes tanto por la cantidad, como por la calidad, de sus representaciones de animales. Leones, rinocerontes, osos y mamuts son temas frecuentes de un aparato iconográfico dominado por la fauna peligrosa, por encima de las especies habitualmente cazadas, como bóvidos, caballos o cérvidos.


La primera eclosión artística

El primer momento de gran eclosión artística generalizada en el ámbito europeo acontece en el continente durante el período comprendido entre hace 26.000 y 18.000 años, coincidiendo con el “máximo glaciar” (la máxima expansión del casquete polar ártico), durante la última glaciación -conocida en Europa como Würm- acaecida entorno al año 20.000 antes de la actualidad. En ese momento, y dado el enorme desarrollo del casquete polar ártico, la población humana europea se concentró en las áreas más meridionales del continente.

Son muchas las cuevas, generalmente con amplios conjuntos de pinturas y grabados, las que han llegado a nuestros días de esta fase, en la cual se diversifican las técnicas y los temas del arte rupestre; también se generaliza la realización de obras de arte mueble, aquel que se realiza sobre soportes móviles, como plaquetas, huesos, astas, marfil, etc.

El empleo del color rojo (extraído de óxidos férricos), es más frecuente que el negro (realizado con carbones u óxidos metálicos como el manganeso). La representación de animales en formatos de buen tamaño, a base de líneas de tampones, tinta plana o contornos simples, conoce un desarrollo importante y sentará las bases de momentos ulteriores.

En esta fase, el arte paleolítico se generaliza más allá de la región cantabro-pirenaica, difundiéndose por toda la Península Ibérica, en donde, además de cuevas equiparables a las de Pirineos y el Cantábrico (como la Cueva de la Fuente del Trucho -Aragón-, Cueva Ambrosio, Escoural –Portugal-, Ardales o Pileta en Andalucía), aparecen extensos conjuntos decorados al aire libre, sobre afloramientos rocosos como los del Valle del río Côa (Portugal) y Siega Verde -Salamanca-.

Antes de la fase que, de manera genérica, podemos considerar como el “cenit” del arte paleolítico, la época de los policromos de Altamira y Tito Bustillo o los bisontes de Niaux (el Magdaleniense, entre 15.000 y 12.000 años antes del presente), se desarrolla en la zona un arte rupestre, en el que las pinturas rojas de animales aún tienen una gran peso específico, pero en el que las representaciones grabadas (también piqueteadas, en los yacimientos al aire libre) y las pintadas en negro ganan en importancia. Paulatinamente, las representaciones avanzan formalmente hacia el naturalismo y las convenciones propias del período magdaleniense, tomando más importancia las figuras de cérvidos, caballos y bisontes, generalizándose también la aparición de signos complejos.


pintor de Altamira
La maestría de los pintores de bisontes

Sin duda alguna, el período Magdaleniense supone la fase de máximo esplendor del arte rupestre paleolítico europeo. En el Sudoeste de Europa, a las ya conocidas (y populares) manifestaciones de bisontes, caballos y ciervos de Niaux, Ekain, Altamira, El Castillo, Tito Bustillo o Candamo, se unen infinidad de decenas de pequeños conjuntos en cuevas de toda la zona.

Perspectivas correctas, gran naturalismo, detalles anatómicos singulares y diversidad en las técnicas artísticas (pinturas negra y roja aplicadas de diferentes modos, incluso alternándose en una misma figura -como los mal llamados “policromos” de Altamira: en realidad, los bisontes del gran techo son bicromos-, diferentes tipos de grabado, incluso técnicas que buscan el relieve), son las cuestiones que hacen de las representaciones de esta etapa las más espectaculares y reconocibles del arte rupestre del Paleolítico.

En algunas cavidades, el fenómeno artístico (sin duda ligado a complejos ritos y ceremoniales) va a desarrollarse en formatos que aún hoy nos impresionan, como sucede con los impresionantes techos y paneles del Salon Noir de Niaux, el panel de los caballos de Ekain, el techo de los bisontes de Altamira o el gran panel de Tito Bustillo. Otras veces, exquisitos grabados de ciervas, cabras, bisontes o caballos se esconden en lugares recónditos y recogidos de las grutas como testigos mudos de secretas prácticas que, desafortunadamente, nunca llegaremos a entender del todo.

Sin embargo, esta fase de máximo esplendor durará poco. A partir de hace unos 13.000 años, el arte parietal irá perdiendo gran parte de su espectacularidad formal y las representaciones irán reduciendo su tamaño, a la vez que se simplifican los detalles anatómicos (con una cierta tendencia al esquematismo, aunque no exento de naturalidad), y las técnicas artísticas van quedando reducidas a la representación sumaria de animales en trazos negros y, en el más abundante de los casos, a base de grabados simples y finos.

En estos últimos momentos del arte paleolítico, que coinciden con una postrera pulsación fría de la glaciación que agonizaba, aparecen representaciones de renos y caballos esteparios, lo cual nos informa de que, antes de finalizar, la glaciación würmiense se dejó sentir en toda Europa. Estos últimos siglos glaciares son el epílogo de una Historia del Arte de veinticinco milenios. Poco después el mundo cambiará, y con él, la cultura y el arte del hombre...


¿Y porqué desapareció el milenario arte de las cavernas?

Tras el final de la última Glaciación (Würm), hace unos 10.000 años, se van a producir enormes cambios medioambientales y ecológicos que forzarán a los grupos humanos a modificar sus estrategias de subsistencia, su economía, su cultura, y en relación con esto último, sus creencias y la manera de plasmarlas. Nuevos tiempos, nuevo clima, nueva economía, y también un nuevo arte.

Uno de los misterios que aún subyacen en la investigación arqueológica actual es la “aparente” desaparición, en apenas 500 años, del arte rupestre. Efectivamente, en torno a unos 11.500 años antes del presente el arte rupestre parece que desapare de las cavernas de Europa; y ¿por qué?...

La respuesta a esta pregunta tiene muchas, complejas e interrelacionadas respuestas, aunque ninguna de ellas, por separado, tenga la suficiente entidad como para dejarnos conformes. Lo único cierto es que, en unos pocos años, un arte milenario (con casi 25.000 años de tradición) va a desaparecer, aparentemente sin dejar huella.

Los arqueólogos tienden a explicar este fenómeno, matizándolo, a partir de una serie de argumentos encadenados que, en su conjunto, podrían conformar una explicación razonable. El final de la última glaciación, que paulatinamente va a iniciarse en torno a las mismas fechas de desaparición del arte paleolítico, supuso una mejora climática global de efectos paleoclimáticos impresionantes. En unos pocos siglos, los casquetes polares se retiraron hacia su situación actual, permitiendo que las masas de agua marina incrementasen su volumen y su temperatura media. El clima se dulcificó de manera rápida, las líneas de costa se retrajeron en centenares de metros asentándose en las actuales (con la pérdida de millones de hectáreas de llanuras litorales aptas para el desarrollo de las grandes manadas de bisontes, uros, caballos esteparios, etc.), la fauna fría se replegó hacia el norte, a medida que los bosques templados ganaban terreno en los valles y en las montañas de media altura, y los ecosistemas glaciares europeos quedaron reducidos a las montañas más altas y al norte periglaciar actual.

Este formidable cambio ecológico forzó, como bien sabemos por los restos materiales de los asentamientos humanos del momento, un enorme cambio en los modos de vida y en la economía de los grupos humanos. Éstos, debieron responder de manera muy acelerada a los cambios que su mundo registraba. Se redujeron los movimientos nómadas drásticamente, las comunidades humanas comenzaron a ser más locales (con la pérdida de los contactos culturales de larga distancia que caracterizaron a la Europa glaciar), se intensificó la explotación de los recursos (como el marisqueo, la pesca fluvial y la recolección de vegetales –ahora más abundantes-), y se adaptaron las estrategias de caza a las nuevas condiciones (con presencia de más bosques y la desaparición de especies como el bisonte, el caballo estepario y -por supuesto- los renos). Corzos, jabalíes y el siempre omnipresente ciervo, van a ser ahora la base de la caza.

Todo ello supuso, en un primer momento, una fuerte crisis socio económica que seguramente desembocó en una profunda crisis cultural (incluyendo la ruptura de los lazos socio-culturales del Paleolítico, al reducirse los movimientos de los grupos), y en un más que posible cambio en las creencias que, como siempre ha sucedido, debían adaptarse para dar explicaciones a los nuevos tiempos. Y posiblemente, en esto último, esté la explicación más plausible.

A pesar de todo, es preciso exponer que el arte, realmente, nunca llegó a desaparecer completamente. Así, durante el Aziliense, la etapa cultural humana que coincide con el final de la última glaciación, el arte mueble (el realizado sobre pequeños objetos portátiles) perdurará en forma de cantos rodados pintados (con líneas y puntos, generalmente de color rojo) y objetos de asta y hueso decorados que, aunque escasos y con representaciones generalmente no naturalistas, dan testimonio de que la actividad artística humana perduraba. Desaparecen, por tanto, las grandes representaciones de animales y una corriente iconoclasta parece que va a imponerse.

Pero no estamos del todo seguros, a pesar de la falta de evidencias, que no surgiera un nuevo arte rupestre, quizás plasmado al aire libre o sobre soportes no pétreos (en el propio suelo, en los troncos de árboles, tal y como aún en la actualidad hacen muchos pueblos primitivos –como los aborígenes australianos-). Si esto sucedió, el arte del inicio del Holoceno (el período interglaciar en el que nos encontramos, desde hace 10.000 años) se habría perdido, al carecer de la protección y las condiciones estables de las cuevas. De otro lado, recientes dataciones de representaciones sumarias de animales –de un determinado estilo, tosco y de formas desgarbadas-, que se creían de una fase paleolítica antigua, han ofrecido dataciones centradas en este período epipaleolítico de transición.


El arte de los primeros campesinos

Las formas económicas de producción, es decir, la ganadería y la agricultura, aparecen en Próximo Oriente (Montes Zagros) hace poco más de 11.000 años, y se expanden -de manera lenta pero inexorable- a lo largo de los siguientes milenios por toda Europa.

La sedentarización progresiva de las comunidades humanas, que van asumiendo gradualmente la ganadería y la agricultura en detrimento de la caza y la recolección, supone –de nuevo- un formidable cambio en todos los aspectos de la vida cotidiana, y naturalmente en las creencias, a las que el arte siempre ha ido muy ligado. Las estaciones, el sol, la luna, la lluvia, los ciclos naturales en definitiva, son ahora eje central de toda la vida cotidiana: de ellos dependen las cosechas y la recría de los animales.

La existencia de excedentes alimentarios (algo desconocido para los cazadores-recolectores), que hay que salvaguardar, es otro aspecto decisivo, puesto que con la necesidad de proteger las cosechas y los rebaños nacerá también la necesidad de defender los poblados, y con ello, el nacimiento de las armas, y en último término, de la guerra.

La llegada de la agricultura y la ganadería a Europa se produce de manera desigual, cronológicamente, entre las zonas mediterráneas, a las cuales llegan las influencias de manera más rápida (hace casi 9.000 años), y las zonas atlánticas y nórdicas, en donde las primeras evidencias agropecuarias no van más allá de hace unos 7.500 años. En relación con ello, la aparición de manifestaciones rupestres asociables a sociedades campesinas también se producirá de manera más rápida en las cuencas mediterráneas, y con bastante más retraso en las zonas centrales y septentrionales del continente.

Tras el Mesolítico, período que se desarrolla entre el final de la última glaciación y la llegada de las primeras manifestaciones económicas propias del Neolítico (en torno a 9.000 años antes del presente), son escasas las manifestaciones artísticas rupestres que se documentan, aún concentradas en abrigos y cuevas –generalmente poco profundas-. Algunos conjuntos compuestos de sencillos grabados (en ocasiones representando animales muy sumarios), y otras expresiones menores –difícilmente discernibles en la mayor parte de los casos-, son los elementos asignables a este período de transición que, en las áreas más orientales del sur de Europa, será rápidamente superado con la llegada de las nuevas tecnologías y culturas que, en su conjunto, conocemos como la “revolución neolítica”.

El Arte Neolítico es un arte desarrollado principalmente al aire libre, generalmente realizado en paredes de abrigos rocosos de poca profundidad y afloramientos rocosos, que posee paralelos en los primeros vasos cerámicos, donde es frecuente encontrar una decoración muy similar, si no idéntica, a las distintas manifestaciones de este arte rupestre.

Hace unos 7.500 años comienzan a surgir, especialmente en la fachada mediterránea de la P. Ibérica, algunas expresiones que hay que identificar con los primeros campesinos. El denominado arte Macroesquemático, localizado exclusivamente en un área concreta situada entre las provincias de Alicante y Murcia, puede ser considerado como el primer arte rupestre de entidad, técnica y estilísticamente, de las sociedades productoras del SW de Europa. Los conjuntos pictóricos de Pla de Petrarcos son, sin duda, los más conocidos.

Este arte presenta figuras humanas y motivos geométricos como temas principales, generalmente pintados en color ocre oscuro, a partir de un pigmento muy denso que dificulta la observación de los detalles de los trazos. Entre las figuras humanas son reseñables las que aparecen con los brazos alzados y las manos abiertas, en actitud de elevar plegarias hacia el cielo, por lo que se les denomina “orantes”. Entre los signos son muy frecuentes las líneas gruesas sinuosas, a modo de formas serpentiformes, con extremos radiales.

De manera paralela al desarrollo de este arte, se generaliza por toda la fachada mediterránea el arte más característico del Neolítico europeo, el arte Levantino. Entre hace 8.000 y 6.000 años antes de nuestros días, centenares de abrigos de las sierras mediterráneas de la Península Ibérica van a llenarse de infinidad de escenas en las que hombres, mujeres, animales e incluso plantas, van a mostrar las formas de subsistencia cotidiana y los ritos de complejas sociedades neolíticas muy apegadas -aún- a las actividades de la caza y la recolección.

El arte levantino es un arte eminentemente pictórico, con un empleo preferente del color rojo, pero en donde no son raros los ejemplos en color negro e incluso blanco. El uso de finos pinceles, con los que se detallan con precisión los detalles anatómicos de los animales e infinidad de detalles de los ropajes y complementos de los personajes humanos, traerá aparejada una perfección técnica y estilística equiparable a la de los mejores artistas del Paleolítico, con una estilización de las formas de enorme expresividad.

Las figuras humanas y los animales aparecen aislados o, más comúnmente, formando escenas, siendo especialmente frecuentes las de caza, los arqueros desfilando, luchando o participando en danzas. La vida cotidiana es representada con detalle, en escenas en las que participan hombres, mujeres y niños.

En la representación de animales, muy naturalistas y con profusión de detalles anatómicos, se emplean preferentemente las tintas planas. Son muy frecuentes los cérvidos, las cabras, los uros, y en menor medida, caballos, jabalíes e incluso carnívoros.

La representación de personas, igualmente naturalista y de gran precisión, ofrece -representadas con detalle- vestimentas, gorros, adornos corporales (diademas, brazaletes, cintas que cuelgan de codos, piernas y cintura, etc.). Los hombres portan arcos y flechas, las mujeres se representan con largas faldas y adornos en los brazos.

Al contrario que en las áreas mediterráneas, en el norte y occidente europep, con un notable retraso cronológico y tecnológico en lo referido a los procesos de neolitización, encontramos, por un lado, algunas expresiones relacionadas con la construcción de elementos megalíticos (menhires, túmulos y dólmenes), por parte de pastores –a partir de unos 6.000 años-, y por otro, representaciones sumarias en abrigos y afloramiento rocosos en zonas de costa y media montaña.

Generalmente se trata de manifestaciones no figurativas y también muy limitadas desde un punto artístico: pequeñas cazoletas grabadas sobre piedra arenisca, grabados lineales, puntos y líneas pintadas (generalmente en rojo), y poco más.


Las sociedades metalúrgicas y el arte rupestre

Tras la consolidación -durante el Neolítico- de las economías productoras, y la progresiva sedentarización de los grupos humanos (que pasan de una organización social basada en las bandas al establecimiento de las primeras jefaturas), nuevas influencias exteriores van a aportar a las regiones europeas el conocimiento del dominio de los metales. Una vez más, nuevas ideas, creencias y expresiones culturales (incluyendo al arte rupestre, como una expresión cultural y religiosa más), van a irrumpir en Europa modificando las formas de vida cotidiana y el pensamiento simbólico humano.

La aparición de la metalurgia supuso una notable revolución en las sociedades humanas, si bien en algunas regiones la introducción de elementos de cobre no supuso, en principio, grandes cambios en las estructuras económicas y socio-culturales. No obstante, y a medida que la fabricación de armas (hachas, lanzas, puntas de palmela, etc.) fue generalizándose, y que éstas fueran desempeñando una función militar y de prestigio entre las primeras jefaturas que iban conformándose, se van a producir importantes cambios sociales que traerán aparejados, como no, cambios en las creencias y, por tanto, en el arte.

Con el final del Neolítico, y la llegada de las técnicas metalúrgicas para la fabricación de utensilios de cobre, primero, y de bronce, poco después, se generaliza el desarrollo de un nuevo arte rupestre caracterizado por la pérdida del naturalismo, la esquematización de los motivos e incluso una cierta abstracción de los temas. Se generaliza, ahora sí, por todo Europa (realmente, por todo el mundo), el denominado Arte Esquemático.

Desde hace unos 6.500 años los abrigos, cuevas, afloramientos rocosos y cámaras y ortostatos megalíticos de toda Europa van a comenzar a acoger uno de los estilos artísticos más difundidos de la Prehistoria de la Humanidad; un arte caracterizado por la simplicidad gráfica que, no obstante, empleará prácticamente todas las técnicas artísticas conocidas por el hombre: pintura, grabado, piqueteado, modelados…

Las representaciones de Arte Esquemático son, generalmente, muy sintéticas, tanto que buena parte de ellas resultan, la mayor parte de las veces, inidentificables. La simplificación y el esquematismo no hay que entenderlos como una pérdida de la habilidad pictórica, sino como una mayor capacidad de abstracción. Es en la temática donde las diferencias con el Arte Paleolítico o el Levantino son más notables. Así, aparecen figuras humanas (incluso con arcos) y de animales cuadrúpedos, pero muy sumarias. En algunas pinturas, en las que aparecen grupos humanos, hay composiciones escénicas. Pero lo más típico son los signos abstractos: digitaciones, puntiformes, ramiformes..., seguido de cerca por las representaciones zoomorfas.

El arte esquemático, que acompaña la expansión del fenómeno megalítico y el conocimiento de la metalurgia, supone, sin duda, una ruptura conceptual enorme respecto al arte prehistórico anterior. La figura humana se presenta ahora en su forma más elemental, representada como una línea vertical a la cual se le puede añadir eventualmente la cabeza, el sexo, y más frecuentemente, las piernas y los brazos (generalmente en forma de trazos curvados). De este modo, una simple “Y” invertida, una “X” o una “i”, pueden representar una persona.

Los animales, al igual que las personas, son representados de una forma simple y escasamente naturalista. Una línea horizontal, de la que parten líneas consecutivas verticales (hacia abajo) para representar las patas, y la indicación minimalista de la cabeza y los cuernos, en el caso de bóvidos, cabras y ciervos, sirve para representar los conocidos como “zoomorfos”, dado que en muchos casos es imposible poder discernir entre especies, dada la enorme simplicidad esquemática de las manifestaciones. Los signos vuelven a tener un enorme protagonismo, si bien muchos de ellos pueden ser simplemente esquematizaciones de cosas o seres vivos inferiores.

Serpentiformes, zig-zags, diferentes formas geométricas, círculos, puntos, series de barras, formas que recuerdan laberintos, soles, estrellas, etc., etc., aparecen con profusión en la infinidad de sitios rupestres de todo el continente que albergan este tipo de arte prehistórico.

En las áreas atlánticas, además de lo anteriormente referido, una nueva manifestación artística va a generalizarse, en segura relación con las nuevas formas sociales (que incorporan –probablemente por primera vez- guerreros y jefes) y territoriales (surgen los primeros poblados fortificados que dominan un territorio agrícola y ganadero, explotado de manera más intensa). Se trata de los ídolos.

En la fachada atlántica europea se conocen infinidad de ejemplos de representaciones de “ídolos”, principalmente grabados (quizás en origen también pintados), que nos informan de la existencia de deidades importantes a partir del final del Neolítico e inicios de la Edad del Cobre (hace unos 6.000 años). Los mismos son representados sobre afloramientos rocosos bien visibles y ortostatos de piedra de diferentes tamaños y formas. Generalmente se asocian a representaciones de puñales de cobre y, en algunos casos, a antropomorfos.

Durante la Edad del Bronce continúa desarrollándose con profusión el arte esquemático en abrigos (ocasionalmente en cuevas) y afloramientos rocosos, con cazoletas, líneas incisas que forman haces o retículas y representaciones más complejas (antropomorfos, zoomorfos y signos, generalmente pintados en rojo), como las documentadas en los petroglifos de Escandinavia, Islas Británicas y áreas atlánticas de la Península Ibérica, los afloramientos rocosos de las zonas alpinas meridionales y en los abrigos de las mesetas y grandes cuencas fluviales de la Península Ibérica. Incluso aparecen en las grandes cavidades cántabro-pirenaicas, en donde, junto a paneles de arte paleolítico, se documentan manifestaciones de esta fase.


El final de la Prehistoria. El final de arte rupestre

La llegada y expansión de nuevas gentes y de las culturas indoeuropeas, desde finales de la Edad del Bronce (hace unos 3.200 años), tanto por el Mediterráneo, como por las áreas del Atlántico, supondrá la asimilación de nuevas formas sociales y culturales que irán acabando con las culturas pre-indoeuropeas europeas y la generalización de unas nuevas formas de vida, unas nuevas creencias y unas nuevas expresiones culturales (incluyendo nuevas lenguas) que permitirán, desde hace unos 2.900 años la conformación de una nueva etapa: la Iª Edad del Hierro.

La unión de las poblaciones autóctonas seculares y los nuevos pobladores foráneos, que traen la metalurgia del hierro y nuevas expresiones culturales muy potentes, dará lugar a la conformación de los pueblos de la Protohistoria. Es el fin de la Prehistoria, y el inicio de una nueva etapa de la Humanidad en Europa.

Con la indoeuropeización llegará también el final del arte rupestre prehistórico. Treinta mil años después de su nacimiento, el arte rupestre desaparecerá en Europa, sustituido por otras manifestaciones artísticas (como la escultura, la orfebrería, la pintura mural...). Desde ese momento, y hasta que en 1879 Marcelino Sanz de Sautuola descubra las pinturas de Altamira, el arte rupestre europeo dormirá un largo sueño, ignorado y olvidado por el hombre...



Cronograma